Estoy leyendo Distrust That Particular Flavor (Desconfía de ese sabor en particular), una colección de ensayos por William Gibson, el autor de Pattern Recognition y Zero History, que ya he reseñado aquí. Y me llamaron la atención unos párrafos en un ensayo espeluznante sobre Singapur, que Gibson describe como “una versión asiática de Zurich operando como una cápsula deslocalizada al pie de Malasia”, “un próspero microcosmos cuyos habitantes viven en algo que parece, bueno, Disneylandia. Disneylandia con la pena de muerte”, y “una tecnocracia capitalista de partido único”.
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¿Qué es un libro?
Me pregunta Lluís que qué opino sobre la tecnología del libro electrónico y su papel en la educación, y en particular sobre esta videopresentación del iBook de Apple. Tengo una opinión, pero es un poco larga de explicar, y creo que coincide bastante con la que parece tener Neal Stephenson (o al menos según lo que entiendo yo que es su opinión tras leerle). Así que me gustaría citar este extracto de una de sus novelas, La era del diamante, cuya acción se sitúa en un futuro no demasiado lejano en el que los valores tradicionales de la sociedad occidental están en franca decadencia salvo en minorías elitistas. Los protagonistas son dos niños de clase proletaria.

Cómo ser un oráculo
El mundo antiguo me fascina porque estamos a la vez tan cerca y tan lejos. Cerca porque son reconociblemente nuestros antepasados, y podemos reconocer nuestros propios motivos, deseos y temores en ellos. Lejos porque algunos conceptos aparentemente comunes lo son de modo engañoso, y en algunos aspectos nuestras concepciones del mundo difieren de modo dramático. Un ejemplo que siempre me ha quebrado la cabeza: ¿qué demonios creían los griegos y los romanos? ¿En qué consistía el creer para ellos? ¿Cómo pensaban en sus mitos? La interpretación racionalista según la cual los dioses de los politeístas no serían sino alegorías y personificaciones de valores cívicos siempre me ha parecido una estupidez: primero, porque ignora la naturaleza de los impulsos religiosos y supersticiosos (el pensamiento mágico), presentes en todas las sociedades; y segundo, porque la historia griega y romana está llena de actos religiosos que carecen de sentido si se conciben desde un punto de vista únicamente racionalista y utilitario. Los dos ejemplos más claros que se me ocurren son el sacrificio y los oráculos. Y precisamente de los oráculos quería hablar yo hoy.

El niño dobermann
Me refiero, por supuesto, al niño del famoso spot televisivo del PSOE, que sus oponentes del PP han sido rápidos en calificar del “nuevo dobermann” (en referencia al apodo que se daba a Francisco Álvarez Cascos). Y el anuncio se presta a un análisis interesante, creo:

Gallegos de lluvia y calma (1)
Me enviaron este vídeo de promoción de Galicia, para ver si tengo algo interesante que decir. Y la verdad es que no tiene desperdicio. Creo que el análisis requiere un post en sí mismo, pero mientras les dejo abajo el vídeo y el texto (ambos bastante largos) para que los vayan digiriendo, a ver qué se les ocurre:

Caer sobre la espada
¿Nunca han tenido una idea fija – el equivalente conceptual del earworm, el soniquete o canción que no puedes sacarte de la cabeza? Debe de ser porque llevo un par de días constipada y se me han reblandecido los sesos con tanto moco, pero no dejo de pensar en Constantino Paleólogo (es que, como me han señalado reiteradamente hace poco, soy una pedante total, sí).

De pijadas e ironías
El otro día, en un comentario a la entrada sobre la campaña de Multiópticas, Lluís hablaba del papel de la ironía en la publicidad, y me quedé pensando en el tema. Mi sensación es que la ironía es algo muy resbaladizo; que bien usada es extremadamente efectiva y memorable, pero que hay que acertar de pleno, lo cual es difícil; y que una ironía fallida puede ser extremadamente dañina. Porque para que la ironía sea efectiva, tiene que estar dirigida al público adecuado (no todo el mundo encaja bien la ironía) y referirse al producto adecuado (no creo que se pueda ironizar sobre seguros de vida, por ejemplo). Y además está el hecho de que la ironía es también una cuestión nacional: no todos los países aprecian la ironía igualmente (o no la aprecian en absoluto).
