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Revelación vs interpretación

Comunicación,Cultura,Discurso,Historia,Lenguaje,Pensamiento 11/05/2012 por aa

El otro día estaba hablando sobre el monoteísmo con alguien con quien mantengo una discusión sostenida sobre este tema – o, más específicamente, sobre lo que él denomina el “judeocristianismo”. (Que creo que es un término más bien inexacto porque, como dijo un teórico judío una vez, “cuando alguien habla del judeocristianismo de lo que está hablando es del cristianismo”. Pero bueno). La cuestión es que él afirmaba algo así como que el judeocristianismo – y, por extensión,  el monoteísmo en general, supongo – se basa en la noción de la verdad revelada, que lleva al dogmatismo, la intolerancia, los autos de fe, el oscurantismo, etc. Y tiene razón, por supuesto: no hay más que ver a los fanáticos y a los martillos de herejes del mundo, y no sólo en el ámbito religioso. Pero me quedé pensando que estaba ignorando el considerable componente de interpretación que tienen las religiones monoteístas, y la influencia que este componente ha tenido en la cultura occidental. Y se me ocurrió que estos dos polos – la revelación y la interpretación – corresponden bastante bien a dos concepciones del lenguaje (o la representación en general).

Lo que tienen en común las religiones monoteístas no es tanto la creencia en un Dios único (porque francamente decir que el catolicismo sólo tiene una deidad es bastante de risa) como el hecho de que se basan en un texto que se considera sagrado de alguna manera: la Torah para el judaísmo, el Corán para el islam, la Biblia (i.e. Torah + enredos varios + Nuevo Testamento) para el cristianismo. La idea es que Dios se dirige a la humanidad de algún modo a través de este texto – de hecho, en el judaísmo y el islam el texto en sí cobra tal importancia que es literalmente el igual de Dios, algo no creado por Él. De ahí la idea de la revelación: Dios se revela a los hombres a través de este texto y sólo de este texto, que por eso tiene tal importancia. Es la Ley de Dios, literalmente, el modo por el que los hombres deben regir sus vidas y entender la realidad de la existencia.

El problema, por supuesto, es que las cosas nunca se quedan ahí. Tomen los Diez Mandamientos, por ejemplo: “No tendrás más dios que Yo. Yo soy Yahveh tu Dios y soy un Dios celoso”. ¿Qué es eso de que Dios es celoso? ¿Celoso de qué? ¿Y cómo que hay otros dioses? ¿Pero no quedamos en que sólo había uno? O el aparentemente más sencillo “Honrarás a tu padre y a tu madre”. ¿Cómo se honra a los padres? ¿Hay que obedecerles en todo o basta con no ir diciendo que tu padre es insoportable? La interpretación es inevitable porque el lenguaje siempre es ambiguo y escurridizo. Y la Biblia es un texto que se presta de un modo fantástico a la interpretación porque está lleno de contradicciones internas.

Un ejemplo de la lectura de la Biblia como revelación y como interpretación se dio en el Sur de Estados Unidos en el siglo XIX. Los dueños de las plantaciones defendían la legitimidad de tener esclavos porque en la Biblia no se condena el tener esclavos – es más, San Pablo da instrucciones a los amos y esclavos cristianos sobre cómo comportarse, pero en ningún momento condena la esclavitud en sí misma. Los esclavos negros, en cambio, se abalanzaron de inmediato sobre la historia de Moisés y la salida de los esclavos hebreos de Egipto hacia la Tierra Prometida y la hicieron propia. Estrictamente hablando, este relato no tenía nada que ver con ellos históricamente, pero la interpretación que hicieron de ella - si la esclavitud era algo malo para los hebreos, también lo es para nosotros; si los hebreos se liberaron de su yugo, nosotros también podemos - fue algo que constituyó el inicio de la cultura afroamericana y que en buena medida dio a una población desarraigada y despojada de cualquier fundamento cultural propio las bases conceptuales para pensar que podían ser otra cosa que lo que eran. Y así la historia de cómo los judíos se liberaron del yugo de su esclavitud y todo su contexto bíblico es una constante en la cultura afroamericana hasta nuestros días, desde el Gospel hasta Martin Luther King citando al profeta Amós cuando hablaba de la justicia como “un río poderoso” en referencia a los derechos civiles.

Como decía, creo que esta dicotomía entre revelación e interpretación se corresponde bastante bien con dos concepciones del lenguaje y la representación. La primera y la más común es la idea del lenguaje como un código, esto es, como un sistema de signos: las palabras nombran las cosas y punto. “Perro” es el perro. “Casa” es la casa. “Yacer un hombre con un hombre es abominación” quiere decir que la homosexualidad es una abominación. Y ya. En esta concepción, las palabras tienen un significado fijo y claro, como etiquetas. En términos de lingüística clásica, hay un vínculo estable entre significante (la palabra) y significado (la cosa), un vínculo que se experimenta como de algún modo “natural” e “intrínseco”. Esta es la concepción por defecto del lenguaje, por lo general, y nunca deja de sorprenderme lo extendida que está, incluso entre gente más o menos educada.

La segunda concepción es la que considera el lenguaje como lo que es, un sistema simbólico. ¿Cuál es la diferencia entre un signo y un símbolo? Como dije antes, en el signo existe una relación fija entre significante y significado, palabra y cosa. Es el nivel en que se mueven los animales: si un chimpancé aprende a asociar una redondel rojo con un plátano, no se te ocurra cambiarle el redondel rojo por un triangulo azul para hacer un chiste o una metáfora o para que entienda que las palabras cambia de significado, porque no lo va a entender y además le va a sentar fatal que no le des el plátano. (Puede que entienda que el triángulo azul también significa plátano, pero no entiende la arbitrariedad del sistema: el hecho de que cualquier cosa puede significar plátano. Que el redondel no es el plátano pero a la vez lo es precisamente porque cualquier cosa puede representarlo, no porque exista ninguna conexión natural entre ambas cosas.)

En el símbolo, en cambio, la relación entre significante y significado es fluida y cambiante. El redondel rojo es el plátano, pero puedo mentirte, y engañarte, y tomarte el pelo, y hacer una metáfora, y fingir que estoy fingiendo, y aplicarlo a cosas que jamás se me habrían ocurrido, incluyendo paradojas – todos mecanismos imposibles si concebimos la relación entre palabra y cosa como intrínseca e inamovible. Por supuesto, tiene que haber cierta fijación entre palabra y cosa para hacernos entender, para que haya significados comunes. Pero son significados comunes hasta cierto punto, porque dependen en buena medida del contexto espacial, cultural, temporal, etc. Y porque cada uno tiene luego su propio acervo de significados subjetivos y privados, las connotaciones derivadas de la propia experiencia, las propias preferencias y peculiaridades que nos distinguen a unos de otros.

Esta dicotomía entre revelación e interpretación, entre signo y símbolo, la mostró de modo ejemplar Freud – que no por casualidad era judío – en La interpretación de los sueños. Frente a la concepción común del sueño como código – i.e. “la rosa representa el amor, el bolígrafo representa el pene, la puerta representa la muerte, el mar quiere decir que vas a hacer un viaje” – mostró que los sueños son textos que deben ser interpretados, es decir, textos cuyo significado no es universal, sino que debe establecerse dentro del contexto de la subjetividad de la persona que tuvo el sueño: ¿qué elementos de su vida aparecen en el sueño? ¿Qué representan para él? etc.

Por supuesto, existen mejores y peores interpretaciones, porque el que la relación entre significante y significado sea fluida e inestable no quiere decir que cualquier cosa quiera decir cualquier cosa. Como dije, el significado va determinado por su contexto. Por eso es cambiante, y por eso la interpretación es una tarea que nunca acaba: porque los contextos siempre cambian, aunque sólo sea porque el tiempo pasa. (También existen mejores y peores textos, esto es, textos que se prestan mejor a la interpretación, que muestran una riqueza de potenciales significados aplicables a distintos contextos. Por ejemplo, la Biblia es un texto mucho más rico que el Corán porque es mucho más larga y además está llena de paradojas y contradicciones internas – de hecho, creo que uno de los motivos del estancamiento de la cultura islámica es el hecho de que el Corán es un texto altamente perfeccionado como revelación en que no da mucho margen para la ambigüedad y la evolución conceptual. Es difícil tomarse la jihad como una empresa pacífica, por ejemplo.) *

¿Cómo es aplicable esto a la comunicación en general? Bueno, es importante partir de la idea de que siempre va haber interpretación. Por muy claro y preciso y poco ambiguo que intentes ser, siempre va a haber margen para interpretar, porque así es como funciona el lenguaje y como funcionamos los seres humanos. Hay que tener muy claro que el hecho de que X signifique algo para ti no quiere decir que signifique eso mismo para todo el mundo (esto parece una tontería, pero es apabullante cuánta gente no parece entenderlo. LAS PALABRAS NO SON ETIQUETAS. Ceci n’est pas une pipe. Y aunque fueran etiquetas, las etiquetas también se prestan a confusión, demonio).

Partiendo de esta base de que las palabras no son dóciles, se puede empezar a comunicar mejor. Porque como dije, la comunicación es relativa en el sentido de que es relativa con respecto a algo que sirve de criterio para el juicio: hay mejores y peores modos de comunicar, y buenas y malas interpretaciones. Y para comunicar mejor y que te interpreten del mejor modo posible, es esencial saber quién eres y qué quieres decir, pero también – y no creo que esto sea realmente separable de lo anterior – a quién te diriges y en qué contexto.

Y no tener miedo de la multiplicidad de interpretaciones. Porque, si el texto es lo suficientemente bueno (esto es, si es lo bastante rico y refleja quién eres y qué quieres decir y a quién quieres decírselo y en qué contexto), surgirán interpretaciones buenas y relevantes y sorprendentes. Porque ser consciente de que la relación entre las palabras y las cosas es fluida y cambiante, abrir la puerta a la interpretación en buenas condiciones, lleva a la sorpresa y a la creación. Y por eso los fundamentalistas odian la sorpresa y la creación: si el mundo es como ellos dicen, nada puede sorprenderles y no se puede crear nada nuevo porque ya lo hizo todo Dios.

Pero eso es mentira, por supuesto (el que la relación entre las palabras y las cosas sea inestable no quiere decir que la mentira y la verdad no existan). El mundo no está terminado, y el lenguaje no se acaba, como el tiempo no se acaba, la historia no se acaba, el mundo no se acaba. Nos acabamos nosotros, como individuos, en algún momento. Pero mientras vivimos, podemos ser conscientes de que, precisamente porque el mundo y el lenguaje nunca se acaban, no pueden ser agotados por ninguna revelación, y vivir libres de la tiranía de los códigos.

* El lenguaje de la ciencia, en tanto se refiere a lo no humano, es otra historia, por supuesto. De hecho, en la ciencia la ausencia de ambigüedad y múltiples interpretaciones es deseable, y en este aspecto la ciencia es “fundamentalista” (en el mejor de los sentidos) y paradójicamente heredera del monoteísmo. Pero eso lo dejo para otro día.

3 comentarios to “Revelación vs interpretación”

  1. Contexto y fracaso del contexto: cuando cuentas un chiste a sabiendas de que es profundamente racista y esperas que el interlocutor se ría del racismo que contiene (y, seguramente, del ingenio que contiene) y no de la degradación de la raza. Cambia raza por género, procedencia o religión. Me encantan los chistes de judíos. Lo explico mejor, que ya sé habéis interpretado que son chistes sobre el Holocausto: me encantan los chistes de rabinos. Y eso que no recuerdo ninguno.

  2. No es estrictamente de rabinos, pero bueno:

    Van un rabino, un sacerdote hindú y un pastor evangélico conduciendo por mitad de Minnesota y se avería el motor del coche. Así que se acercan a una granja cercana a preguntar si pueden pasar la noche. El granjero dice que bueno, pero que sólo tiene dos camas, y que uno de los tres tendrá que dormir en el establo.

    El rabino se ofrece a dormir con los animales, pero al cabo del rato llama a la puerta del granjero. “Perdone, pero es que tiene un cerdo en la cuadra, y en mi religión son animales impuros, así que no puedo dormir ahí”.

    Así que el sacerdote hindú dice que bueno, que le deja la cama y se va él al establo. Al rato, llama a la puerta del granjero. “Perdone, pero es que tiene una vaca en la cuadra, y en mi religión son animales sagrados, así que no puedo dormir ahí”.

    Total que el pastor evangélico se va a regañadientes a dormir al establo. Al rato, vuelven a llamar. El granjero se levanta todo cabreado a ver cuál es el problema ahora. Y se encuentra al cerdo y a la vaca a la puerta.

  3. No está mal.

    Lo contaba un cura católico en el Ala Oeste, pero creo que es un clásico anterior contado por rabinos. Si non e vero…

    Ese de la inundación en la que unos tipos desde lo alto del tejado le piden a dios que detenga el diluvio o les saque de la situación, primero pasan unos en una barca y dicen que no, luego sucede otra cosa y después otra hasta que mueren ahogados porque la inundación sube… Al llegar al cielo se quejan de que sus plegarias no han sido oidas. Pero dios les dice cómo que no, te mandé una barca, luego un… y luego un no sé qué más…

    En fin lo he arruinado.

    Antes sabía otro en el que a un rabino nunca se le encontraría limpiando chimeneas. Concluyendo: que entre esto y la nada, no sé por qué lleno el espacio.

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