El mundo antiguo me fascina porque estamos a la vez tan cerca y tan lejos. Cerca porque son reconociblemente nuestros antepasados, y podemos reconocer nuestros propios motivos, deseos y temores en ellos. Lejos porque algunos conceptos aparentemente comunes lo son de modo engañoso, y en algunos aspectos nuestras concepciones del mundo difieren de modo dramático. Un ejemplo que siempre me ha quebrado la cabeza: ¿qué demonios creían los griegos y los romanos? ¿En qué consistía el creer para ellos? ¿Cómo pensaban en sus mitos? La interpretación racionalista según la cual los dioses de los politeístas no serían sino alegorías y personificaciones de valores cívicos siempre me ha parecido una estupidez: primero, porque ignora la naturaleza de los impulsos religiosos y supersticiosos (el pensamiento mágico), presentes en todas las sociedades; y segundo, porque la historia griega y romana está llena de actos religiosos que carecen de sentido si se conciben desde un punto de vista únicamente racionalista y utilitario. Los dos ejemplos más claros que se me ocurren son el sacrificio y los oráculos. Y precisamente de los oráculos quería hablar yo hoy.
Esto surgió porque estaba mirando una lista de afirmaciones pronunciadas por el oráculo de Apolo en Delfos, el oráculo más famoso del mundo antiguo. La estructura logística de la institución del oráculo es interesante en sí misma: las profecías (por llamarlas de algún modo) eran pronunciadas físicamente por la Pitia, una mujer mayor de vida intachable que había sido elegida de entre los campesinos de la zona. La Pitia se sentaba en un trípode sobre una fisura en la tierra, y hablaba mientras inhalaba vapores volcánicos que surgían de la grieta, en un trance profético. Sus pronunciamientos luego eran “traducidos” por un cuerpo de sacerdotes en elegantes hexámetros. Así que lo que tenemos aquí es una institución con un núcleo posiblemente muy antiguo de tipo chamánico (con el trance inducido por drogas o gas), reconvertido con el tiempo en un instrumento más mediatizado y complejo de poder – porque el oráculo de Delfos era sin duda un centro de poder en la Antigüedad. El oráculo tenía una reputación universal de ser el lugar donde el dios Apolo hablaba a los mortales, y la propia institución se encargó de preservar esta reputación durante siglos.
¿Cómo lo hicieron? Lo único que nos queda, en este sentido, son las profecías oraculares que se han conservado, y resulta interesante examinarlas. Yo diría que el oráculo tendía a emplear varias estrategias discursivas que pueden ser bastante instructivas para los gurús, analistas, y expertos contemporáneos:
- Obviedad: según la leyenda, Licurgo, el legislador de Esparta, acudió al oráculo a pedir ayuda para diseñar las leyes, y el oráculo le dijo:
Hay dos caminos alejados uno de otro: uno lleva a la honorable casa de la libertad, el otro a la casa de la esclavitud, que los mortales deben evitar. Es puede viajar por la primera mediante la hombría y el feliz consenso; guía a tu pueblo por este camino. Llegan al otro por la odiosa discordia y la cobarde destrucción; evítalo pues.
Como consejo, es bastante de cajón: evita el conflicto y busca la unidad, evita la esclavitud y busca la libertad. Pero evidentemente a Licurgo, que no debía de ser tonto, le sirvió para aclararse las ideas o para confirmar lo que ya pensaba, y como resultado diseñó una legislación que combinaba rasgos de una monarquía con dos reyes, una aristocracia terrateniente, y una democracia. Conclusión: las cosas sencillas y de sentido común pueden ser interpretadas de modo útil por un público medianamente inteligente. Lo que importa es cómo lo escuchan.
- Ambigüedad: con frecuencia, el oráculo pronunciaba frases que podían interpretarse de dos formas opuestas a la vez. Por ejemplo, a alguien que preguntaba si moriría en la guerra le dio una respuesta que podía leerse como “Ve, regresa, no mueres en la guerra” o como “Ve, no regresas, mueres en la guerra”, según la puntuación (el oráculo no colocaba puntos ni comas). Otro ejemplo famoso fue la respuesta dada al rey Creso de Lidia, que preguntaba si debía declarar la guerra a Persia. El oráculo declaró que Creso acabaría con un poderoso imperio, así que Creso atacó a Persia – sin contar con que el poderoso imperio que iba a destruir podía ser el suyo propio. Conclusión: resulta útil dar una forma tal a los pronunciamientos que uno siempre pueda salir airoso.
- Negativa: también conocida como la táctica del escaqueo, esta estrategia discursiva consiste sencillamente en la negativa a decir nada porque realmente no hay nada que decir. Cuando Darío el Grande regresó a Grecia para acabar de conquistarla, los atenienses consultaron el oráculo, sólo para escuchar cómo les decía:
Ahora vuestras estatuas se alzan y sudan. Tiemblan de espanto. La negra sangre gotea de los tejados más altos. Han visto la necesidad del mal. Salid, salid de mi santuario y ahogad vuestros espíritus en el dolor.
Y cuando el emperador Nerón acudió al oráculo después de matar a su madre, éste exclamó:
Tu presencia aquí ultraja al dios que buscas. ¡Vuélvete, matricida!
(Aunque es cierto que le dijo también que el número 73 marcaba su caída – Galba, el general que depuso a Nerón, tenía 73 años en el momento de su revuelta). Nerón hizo enterrar viva a la Pitia, así que ésta es una maniobra radical que puede resultar arriesgada.
- Inteligencia: creo que éste es un elemento fundamental, porque resulta obvio que el oráculo acertaba, a veces de modo espectacular. Y para ello debía de tener una red de inteligencia – espías, informadores, fuentes de información – bastante apabullante. Por ejemplo, Creso (el mismo de antes) hizo una especie de competición entre oráculos para saber a cuál consultar (porque los oráculos, como los actuales consultores, debían de ser muy caros), y les preguntó qué había hecho ese día. El único oráculo que acertó fue Delfos, que dio esta respuesta:
Yo cuento los granos de arena en la playa y mido el mar; yo entiendo el habla de los mudos y oigo a los que no tienen voz. He olido una tortuga de concha dura cociéndose con la carne de un cordero en un pote de bronce: el caldero debajo es de bronce, y de bronce la tapa.
Es decir, que el oráculo debía de tener modos de obtener información para saber qué demonios estaban cociendo en la cocina de Creso en el día en cuestión. Pero esta inteligencia no se restringía sólo a asuntos domésticos, sino que también era de tipo geopolítico, y bastante impresionante. Por ejemplo, cuando los persas se disponían a invadir Grecia, el oráculo dijo:
Rezad a los Vientos. Serán poderosos aliados de Grecia.
Y efectivamente, los persas cruzaron por mar, por el cabo Artemisio, donde se encontraron con la armada ateniense, y con una tempestad que duró tres días y hundió el 20% de su flota. El contenido del oráculo presupone así un conocimiento no sólo de la geografía y climatología griega, sino también de la estrategia militar, que permitió suponer de antemano qué harían los persas. Este conocimiento geopolítico resultaba tanto más impresionante cuando iba unido a la siguiente táctica discursiva:
- Metáfora: al oráculo le gustaban muchísimo las metáforas, lo bastante complejas como para que requirieran un esfuerzo de interpretación. Por ejemplo, cuando Filipo de Macedonia consultó el oráculo, le dijo:
Con lanzas de plata conquistarás el mundo.
El rey entonces buscó controlar las minas de plata en los reinos vecinos de Tracia e Iliria, y las usó para sobornar a los estados griegos, enfrentándolos entre sí y aislando a sus enemigos mediante sobornos a potenciales aliados. Se puede argumentar también que el oráculo usaba la metáfora como modo de ser ambiguo; aunque realmente sus metáforas más llamativas son sorprendentemente precisas una vez se interpretan correctamente, y por eso mi opinión es que la metáfora era una táctica poética de poner el énfasis sobre la interpretación del oyente – o sea, que el oyente tenía que hacer un trabajo y pensar en lo que había dicho el oráculo para llegar a la respuesta correcta. El ejemplo más famoso es sin duda la profecía que el oráculo dio a Creso (sí, el mismo) cuando le preguntó si su dinastía perduraría:
Cuando un mulo reine sobre los persas, lidio de delicados pies, huye junto al pedregoso Hermo, huye, y no te enfrentes ni te avergüence tener corazón de gallina.
Creso (que no debía de ser demasiado espabilado) lo interpretó como que un mulo jamás podría reinar en Persia, y por tanto su dinastía reinaría para siempre. Pero se le pasó por alto que Ciro, el próximo rey persa, era un “mulo” en el sentido de era medio persa (por parte de padre) y medio meda (por parte de madre) – y un rey tan poderoso que arrasó Lidia. Lo cual revela de nuevo el profundo conocimiento que el oráculo de Delfos parece haber tenido de la política interior persa.
Así que el efecto del oráculo de Delfos parece haberse basado sobre todo en una combinación de estos factores: fuertes conocimientos geopolíticos, una red de informadores y espías bastante apabullante, y el papel del oyente en la interpretación del oráculo, tanto de mensajes sencillos como de metáforas complicadas. Para los casos más comprometidos, siempre estaba la opción de tirar por la ambigüedad (para quedar bien fuera cual fuera el resultado) y por el escaqueo (aunque esta última opción era más extrema y peligrosa). Todo esto parece haberse combinado para tener un efecto psicológico extremadamente potente.
Nuestro amigo Luntz dice que no es lo que dices, es lo que oyen. Pero un oráculo de la Antigüedad le superaba en esto: porque los sacerdotes de Delfos eran conscientes de que, si bien era indispensable tener en cuenta el papel del oyente en la interpretación, también había que tener datos concretos y correctos con los que apabullarle más allá de toda la mistificación retórica.
En resumen: si quieren tener fama de oráculo, búsquense el patrocinio de un dios o equivalente (tipo “yo hablo con La Moncloa” o “tengo contactos en el Pentágono”), y den forma a sus pronunciamientos de tal modo que hagan trabajar a su público a la vez que les hacen parecer misteriosos. Pero, lo más importante de todo, tengan datos sólidos con que respaldarlos: porque, hoy como en la Antigüedad, la información es poder.


Interesante post. Sin embargo, y es sólo una hipótesis, puede que ninguna de las causas a las que aludes, incluida la red de inteligencia, puedan por sí solas explicar el elevado número de aciertos en las predicciones.
Fijémonos en el dato que las predicciones siempre van ligadas a la toma de una decisión que se supone será inmediatamente posterior a la consulta y condicionada por el sentido de la predicción.
Pudiera haber sucedido que la gente acudiese al oráculo de forma similar a cómo hoy se acude a un consultor. Es decir, muchas veces el consultante YA conoce, o al menos intuye, la respuesta a su consulta. No es que el consultor, o la pitonisa, deba tener especiales cualidades psicológicas para desentrañar lo que el consultante desea oir -o ver escrito en su informe- sino simplemente que el consultante aporta los elementos conscientemente o le pone en la pista para obtener una respuesta en un determinado sentido. ¿Y eso para qué? Pues por el simple hecho que una persona externa, neutra a las dinámicas de poder de la organización (sea una polis o una empresa) a la que está ligada, está más capacitada para emitir una opinión en una dirección que interese al consultante o que simplemente sea de sentido común. Creo que muchas veces se acude al consultor para buscar soluciones que sólo requieren algo de sentido común, sin beneficios personales por parte del consultante, pero que dinámicas internas bloquean. Y más cuando el consultor, al igual que la pitonisa, reviste esa opinión de una jerga técnica muchas veces enigmática y en cualquier caso con prestigio. Es decir, muchos cambios en las organizaciones que proponen los consultores TODOS saben – o la mayoría al menos- que deben producirse pero se trata de cambios que nadie, internamente, dispone de autoridad o credibilidad para sacar adelante, o podrá hacerlo sin un grave desgaste o sin poner en riesgo sus propias carreras.
El consultor, como la pitonisa, simplemente formaliza verbalmente lo que el consultante quiere oir. Y, lo más importante, descarga al consultante de una responsabilidad por esa decisión. El consultante de hoy puede que no sea tan distinto del de ayer.
Sí, eso es lo que se suele decir de los consultores ¿no? – que cobran por decirle a la gente lo que ya sabe. A veces parece que sencillamente oír las cosas de una tercera parte ayuda. Las cosas parecen más “serias” o más fiables cuando vienen de otro.
Y fíjate que en un momento dado el oráculo de Delfos empezó a “fallar”, esto es, empezó a perder su reputación de acertar siempre. Cuando el emperador Diocleciano le preguntó a la Pitia que por qué sucedía esto, contestó que se debía al auge del cristianismo.
O sea, que en el momento en que el público cambió de creencias (y por tanto dejó de creer que el oráculo tenía una conexión sobrenatural fiable o deseable), se acabó el negocio.
Si y más cuando ese Otro no es un cualquiera. Tiene prestigio social, autoridad, tradición. éxito, etc. Un Superotro.
Fijémonos en el caso que mencionas de Creso. Es cierto que la pitonisa aparentemente se protege con su ambigüedad. Pero también es cierto que la ambigüedad permite decir verdades que de otro modo no serían escuchadas. Es una hipótesis pero es posible que Creso fuera un redomado estúpido con mucho ego, que todos los que tenían algo de juicio sabían que se estrellaría contra Persia, que no escuchaba opiniones contrarias a su parecer, que sólo quería opiniones que le confirmasen en su obsesión de conquistar la gran Persia. Es más, que trató de presionar a todos los oráculos de la hélade para que emitiesen predicciones en un determinado sentido que le beneficiase.
Creso pues merecía ser derrotado. Y la pitonisa de Delfos, con la ambigüedad, se podría decir que de una forma deontologicamente admisible, consigue decirle una verdad, a pesar que Creso no pueda entenderla.
Sí, la verdad es que Creso debía de ser bastante imbécil. Tres veces, tres, consulta al oráculo y no se entera. (Por cierto que éste es Creso el de “ser más rico que Creso”, así que no me extraña que pudiera gastarse el dinero en consultores, digo oráculos, tan alegremente).
Primero hace el numerito “si me dices qué he estado haciendo hoy en mi casa te contrato”. Luego le dicen lo del gran imperio y nada. Y finalmente le dicen lo del mulo, y como quien oye llover.
Y parece que tienes razón en lo de que solamente quería que le dieran la razón para hacer la guerra contra Persia: http://es.wikipedia.org/wiki/Creso#Guerra_contra_los_persas. El hombre estaba empeñado por motivos personales (y básicamente compró a los oráculos para que le dijeran lo que quería oír).
Parece que algunas cosas – y algunos clientes – no cambian nunca.