El otro día fui al cine a ver La deuda, una película que recomiendo vivamente y que me dio bastante que pensar. No puedo hablar sobre lo que pensé sin destripar el argumento de modo bastante radical, así que si no quieren que les cuente la película, deberían saltarse lo que sigue a continuación, porque hay SPOILERS bastante masivos.
La película salta repetidamente entre dos líneas temporales. En la primera, en los años 60, tres jóvenes agentes del Mossad son enviados a Berlín Oriental a capturar a Vogel, el Cirujano de Birkenau, un criminal de guerra nazi que se dedicó a hacer experimentos atroces tipo Mengele con sus prisioneros, y llevarlo a Israel para ser juzgado.
La narrativa oficial es que, tras capturarlo y llevarlo a un piso los agentes israelíes, Vogel consiguió zafarse y huir, pero en el último momento la agente, Rachel, que había quedado inconsciente tras pugnar con Vogel, volvió en sí y tuvo la sangre fría como para dispararle por la espalda y matarlo, y los agentes se deshicieron después del cuerpo. En la segunda línea temporal, los tres agentes llevan treinta años siendo considerados como héroes del Estado de Israel: pero descubrimos que su hazaña no fue realmente tal, y que ellos han ocultado un secreto – y una deuda, y una vergüenza inconfesables – durante todo ese tiempo.
Lo que sucedió en realidad es que Rachel no volvió en sí a tiempo, no disparó a Vogel, Vogel nomurió, y ellos no dieron caza al monstruo. Para evitar su propia vergüenza, y la de Israel, los tres agentes acordaron contar una historia falsa, sabedores de que la única persona que podría delatarles – el propio Vogel – jamás lo haría. Hasta que, por supuesto, treinta años después, Vogel reaparece, y Rachel – la única del trío original en condiciones de hacerlo – se encarga de saldar su deuda.
Una de las cosas que más me gustó de la película es el motivo que pone en marcha la cadena de acontecimientos que llevan a Vogel a escapar. Una vez capturado Vogel, los agentes israelíes le tratan con escrupuloso cuidado (aunque sin dirigirle la palabra) porque, como dice uno de ellos, “Nosotros no somos animales”. Amordazado todo el día, Vogel aprovecha las comidas para provocar a sus captores e intentar que le maten, escapando así al juicio público que le espera en Israel. No consigue nada hasta que, tras días de tensión insoportable, le dice a uno de los agentes que no le sorprende que no le maten, puesto que los judíos no saben matar, sólo morir. E inicia un monólogo escalofriante en el que relata cómo sólo hacían falta unos pocos soldados para conducir a centenares de judíos a las cámaras de gas, cómo nadie oponía resistencia ni se sacrificaba por el bien común, cómo los judíos eran todos unos cobardes preocupados sólo por su propia supervivencia, y cómo eso fue lo que le llevó a decidir finalmente que los judíos no merecían vivir. Y ahí el agente israelí – el único superviviente de su familia – entra en cólera y, fuera de sí, estrella el plato de comida que tenía en la mano en la cara de Vogel. El plato se hace añicos, Vogel consigue hacerse con un fragmento, corta sus ataduras, y escapa después cuando Rachel está de guardia.
La película es un remake de una película israelí, basada en un libro; y me parece que este punto – el monólogo de Vogel – es particularmente importante, porque refleja exactamente la secreta vergüenza y pesadilla nacional israelí: la idea – ya enunciada por los nazis – de que los judíos se dejaron llevar como borregos al matadero. (Una vergüenza que obviamente creo del todo injustificada: pero la vergüenza, personal o colectiva, no atiende a argumentos racionales). Un sentimiento colectivo que creo que explica o ha explicado en buena medida la política exterior israelí: nunca más vamos a permitir que nos masacren.
La idea de la deuda es una de mis obsesiones particulares, en particular en relación con la vergüenza: una deuda, después de todo, refleja un desequilibrio, algo que está incompleto o mal, que el deudor debe saldar, y mientras tanto se encuentra en una posición vergonzosa. Aunque obviamente esto es algo que contradice la situación económica actual, el resultado de la falta de vergüenza (o al menos, de preocupación) de muchas personas e instituciones que se endeudaron alegremente o a las que les importaba un pito la idea de saldar las deudas en algún momento. La deudaes un menos gigante que sigue ahí, te guste o no, por mucho que te engañes con que las leyes de la economía han cambiado, y ahora lo estamos pagando.
Pero también hay otro aspecto de la deuda que me interesa, y es su relación con el deber – que se puede entender en el sentido de tener una deuda pero también en el de tener una obligación. Y me parece que la homonimia de la palabra deber revela una afinidad conceptual más profunda (y unadeuda financiera también se llama obligación: las Obligaciones del Estado, por ejemplo). Cumplir con nuestro deber equivale a saldar nuestra deuda. La cuestión es con quién, o con qué, estamos endeuda, y qué es lo que debemos.
Esto me llevó a pensar otra vez en la idea de las deudas nacionales, en el sentido en el que Israel tiene una deuda – y una vergüenza – respecto a su propio pasado que está saldando ahora. Y me planteé cuál es la deuda, y la vergüenza, de España. Y lo primero que me vino a la cabeza es:Dejamos que Franco muriera en la cama. (Horriblemente, es cierto, pero por culpa de su propia familia, no por una revuelta popular, como hicieron los portugueses en la Revolución de los Claveles.) Otra deuda con nuestra propia historia es, me parece, la Guerra Civil. Que no se ha metabolizado bien nunca, pese a toda la machaconería de novelas y películas y leyes de memoria histórica: me parece que todo lo que ha habido, y hay, hasta ahora es sólo un intento de prolongar esa guerra, con bandos y conflictos que ya no existen. Como ejércitos fantasmas, repitiendo las mismas batallas por toda la eternidad, sin conseguir resolver nunca lo que los condenó a ese estado.
Al final de la película, Rachel localiza a Vogel, se enfrenta de nuevo a él, y le mata. Y pareciera con eso bastaría para saldar la deuda, porque total, como dice otro de los agentes, ¿qué más da que el monstruo muriera en 1967 o en 1997? Después de todo, posiblemente fue peor condena pasarse treinta años en constante huida, mirando siempre por encima del hombro. Pero Rachel decide hacer pública la verdad que ocultaron todos esos años, contándole la historia a un periodista. Sabe que va a destruir su reputación y dañar a su familia, aparentemente para nada – Vogel está muerto, Israel está vengado, cuente la verdad o no. ¿Por qué arruinar su vida entonces? ¿Con quién está en deuda?
La película deja muy claro – y en esto me parece profundamente judía – que la deuda que Rachel salda es con la Verdad, o con la Historia, o con la Realidad, o con Dios, o con el Otro, o como quieran llamarlo: con algo que no es ningún ser humano o grupo humano en particular, pero que es lo que nos hace humanos. Porque las deudas no se saldan sólo para que dejemos de tener problemas inmediatos; no cumplimos con nuestro deber sólo porque nos conviene o por motivos de adaptación al medio. Rachel acaba contando la verdad porque eso es lo que sucedió, no lo que ellos contaron. Porque aunque el honor del Estado de Israel quedara igualmente satisfecho con la mentira que contaron, seguía siendo una mentira, independientemente de lo conveniente que fuera. Porque la realidad fue que Vogel tuvo treinta años más de vida por su culpa. Y aunque a los ojos de todo el mundo esto diera igual con tal de mantener las apariencias, las apariencias no son la realidad.
Principio de realidad, que es una realidad más allá de nuestro entorno inmediato. Eso es lo que tocamos cuando saldamos nuestras deudas, cuando cumplimos con nuestro deber (o lo intentamos). Y creo que eso es algo de lo que nos hace falta más ahora mismo, y con lo que, para nuestro propio mal, no parecemos estar muy interesados en cumplir.


[...] mismo tiempo pueden ver cosas tan distintas. Lluís también fue a ver La deuda, de la que hablaba el otro día, pero para él fue una película radicalmente distinta: donde yo vi un argumento fuertemente moral, [...]