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Reseña: Zero History, de William Gibson

Reseña 22/09/2010 por aa

Zero History es el tercer libro en la llamada “trilogía Bigend” de William Gibson, cuyos dos libros anteriores son Pattern Recognition (que ya reseñé) y Spook Country. La trilogía se llama así por Hubertus Bigend, el dueño de la agencia de publicidad viral Blue Ant, que desempeña un papel crucial en las tres novelas. Los libros de Gibson suelen seguir un patrón argumental casi idéntico: el protagonista recibe un encargo que no puede rechazar por parte de una figura siniestra y poderosa, un encargo que siempre tiene consecuencias y profundidades inesperadas, y que cambia la vida del protagonista. Bigend es el que realiza el encargo misterioso en la trilogía, ocupando así simultáneamente lo que Propp llamaría los roles de donante y villano. (Claramente, Gibson quiere que Bigend nos repela, lo cual basta para que perversamente me caiga bien el personaje. Aunque se parezca a Tom Cruise.)

En Zero History reaparecen varios de los personajes de la trilogía, además de Bigend: de Spook Country, Hollis Henry, la periodista ex-cantante protagonista de Spook Country y los antiguos miembros de su banda; Milgrim, el traductor de ruso, trabajando ahora para Bigend tras un costoso proceso de desintoxicación en Suiza; Bobby Chombo, el experto en arte virtual de Spook Country; dePattern Recognition, Voytek, el artista polaco, y otros que mencionaré bajo el corte porque realmente no se puede hablar de ello sin destripar el argumento de la novela. Lo cual pasaré a hacer a continuación.

El leitmotif de Zero History, me parece, es el que está implícito en el título y en el McGuffin argumental inicial de la novela: la paradójica noción de la marca secreta. A saber, Bigend cobra conocimiento de Sabuesos de Gabriel, una marca de ropa de una calidad extraordinaria, pero que no se publicita y cuya producción y medios de distribución son secretos. Bigend sospecha que quienes estén detrás de Sabuesos de Gabriel deben de ser personas que han comprendido sus propias técnicas de marketing de guerrilla, mejorándolas, y encarga a Hollis Henry que las encuentre.

“Alguien,” dijo, “está desarrollando lo que puede resultar ser una forma en cierto modo nueva de transmisión de la visión de marca”. [...] Un cierto uso genuinamente provocativo del espacio negativo,” dijo, sonando todavía menos contento.

Otro hilo argumental es el encargo que Bigend hace a Milgrim de encontrar a los productores de un cierto tipo de pantalones pseudo-militares codiciados por jóvenes que juegan a soldados, y que le acaba llevando a darse de bruces con los nexos entre el marketing y la industria militar y armamentística (que, Gibson deja entender, es lo que acaba subyaciendo a prácticamente toda nuestra cultura). El leitmotif de la “historia cero” reaparece aquí en la historia personal de Milgrim, quien, tras años pasados en un estupor drogado, se encuentra por primera ver realmente vivo a todos los efectos, y enfrentándose a la perspectiva de tener qué decidir qué clase de persona es.

Ambas líneas argumentales no llegan realmente a converger, aunque Hollis y Milgrim sí lo hacen. La trama militarista se resuelve con un concepto que me parece fascinante, y vinculado al mencionado antes de la marca secreta: el del sello del olvido, la marca que provoca el olvido selectivo a nivel institucional y de vigilancia.

“El santo grial de la industria de vigilancia es el reconocimiento facial. Por supuesto, dicen que no lo es. Ya está aquí, hasta cierto punto. No es operativo. Larval. No puede leerte si eres negro, por ejemplo, y podría confundirte conmigo, pero el hardware y el software tienen potencial, aguardando una actualización posterior. Aunque lo que tienes que comprender, para comprender el olvido, es que nadie está mirando de hecho lo que ve una cámara dada. Son digitales, después de todo. Los datos almacenados se quedan ahí, almacenados. No son imágenes, entonces, sólo unos y ceros. Si pasa algo que requiera investigación oficial, los unos y ceros se convierten en imágenes. Pero” – y alcanzó para tocar el borde del fondo de la librería de la jaula – “digamos que existe un acuerdo entre caballeros.”

“¿Qué caballeros?”

“Los sospechosos habituales. La industria, el gobierno, ese lucrativo sector en que nuestro chico está tan interesado, que podría ser una de las dos cosas, o ambas.”

“¿Y el acuerdo?”

“Pongamos que necesitaras que el SBS tomara imágenes de una docena de posibles yihadistas en el sótano de una mezquita. O de sindicalistas, si estuvieran ahí abajo, ya que son tan promiscuos. Pongamos.”

“Pongamos,” dijo Hollis.

“Y no quisieras que nadie lo viera, nunca. Y cerrar las cámaras ahí abajo tampoco sería una opción, por supuesto, ya que podrías tener que pagar por eso, más adelante, en la BBC. Así que pongamos que tus chicos de Special Boats llevan el sello del olvido – “

“¿Que es?”

“El reconocimiento facial, después de todo, ¿no?”

La noción se explica en más detalle más adelante. El sello del olvido viene a ser una especie de código de barras que hace que las cámaras “se olviden” de registrar la información concerniente a su portador:

“[S]u arquitectura les dice que se olviden de ello, y de cualquiera que lo lleva también. Olvidan la figura que lleva la camiseta fea. Olvidan la cabeza encima, las piernas debajo, pies, brazos, manos. Obliga a borrar. Lo que la cámara ve llevar el sello, lo borra de la imagen recordada. Aunque sólo si le pides que te muestre la imagen. Así que no hay ninguna actividad sospechosa que pueda ser notada. Si le pides el 7 de junio, cámara 53, recupera lo que vio. En el acto de recuperación, el sello, y la forma humana que lo porta, dejan de ser representados. En virtud de la arquitectura profunda. Un acuerdo entre caballeros.”

De lo que Gibson está hablando en esta novela – y en último término, en toda la trilogía – es de la necesidad del olvido a niveles profundos – lo que Freud habría llamado la necesaria represión. Pese a todos los intentos de la sociedad postmoderna y en red por llegar a la transparencia absoluta (o, en el caso del marketing, a la saturación absoluta, que supongo viene a ser lo mismo), ésta es un imposible, porque la especie humana necesita olvidar para poder funcionar.

Y la otra línea argumental, la búsqueda de Sabuesos de Gabriel, lleva a un final temáticamente congruente, o al menos a una variación sobre el tema, creo. La persona tras las codiciadas ropas que parecen surgir por generación espontánea, no es otra sino Cayce Pollard, la hipersensitiva coolhunterque protagonizó Pattern Recognition, que tras los acontecimientos de aquella novela perdió definitivamente su sensibilidad enfermiza hacia la semiótica de las marcas (hacia “cualquier representación gráfica concentrada de la identidad corporativa”) y se pasó, por así decirlo, al otro lado de la valla del marketing:

“Vi que una camisa americana de algodón que costó veinte céntimos en 1935 a menudo estará mejor hecha que casi cualquier cosa que puedas comprar hoy. Pero si re-creas esa camisa, y puede que tengas que ir a Japón para hacer eso, acabas con algo que tiene que venderse por cerca de trescientos dólares. Empecé a toparme con gente que recordaba cómo hacer cosas. [...]

Sólo quería explorar procesos, aprender, que me dejaran en paz. Pero luego me acordé de Hubertus, ideas suyas, cosas que había hecho. Estrategias de marketing de guerrilla. Inversiones raras de la lógica habitual. Esa idea japonesa de las marcas secretas. La construcción deliberada de microeconomías paralelas, donde el conocimiento es más congruente que la riqueza. Tendría una marca, decidí, pero sería un secreto. La marca sería que era un secreto. Nada de publicidad. Nada. Nada de prensa. Nada de desfiles. Haría lo que estaba haciendo, mantener el mayor secretismo posible al respecto, y evitar la mierda. Y el secretismo se me daba muy bien [...]“

Zero History es un libro complejo – no tan logrado como Pattern Recognition, me parece, menos ajustado, más holgado – pero tengo que volver a hojearlo un par de veces. Aun así, a bote pronto diría que la trilogía de Bigend trata de proporcionar una respuesta a algunas de las tesis de la sociedad en red y la globalización. Frente a la ilusión de la disponibilidad y la presencia absolutas, frente a las ideas postmodernas del final de la historia y la realidad como simulacro, Gibson nos recuerda que existen (o pueden existir, precariamente) cosas reales, y que la historia siempre sigue adelante – y siempre con un fondo inevitable de violencia – gracias a la paradójica necesidad del olvido y el secreto.

Un comentario to “Reseña: Zero History, de William Gibson”

  1. [...] en particular), una colección de ensayos por William Gibson, el autor de Pattern Recognition y Zero History, que ya he reseñado aquí. Y me llamaron la atención unos párrafos en un ensayo espeluznante [...]

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