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Reseña: Pattern Recognition, de William Gibson

Reseña 20/05/2010 por aa

Éste no es un libro nuevo: lo leí en EE.UU. cuando se publicó por primera vez, el año después de la caída de las Torres, y de hecho posiblemente sea uno de los mejores tratamientos literarios del 11-S que he visto. Pero es una novela que me intriga, que he releído varias veces (la última de las cuales, la semana pasada), y sus temas centrales tienen bastante que ver con los de este blog, así que me parece interesante anotar algunas reflexiones al respecto.

La protagonista del libro es Cayce Pollard, una neoyorquina de 32 años que trabaja como freelance para agencias de marketing y publicidad. Cayce es lo que se conoce como una “coolhunter”, alguien que busca tendencias emergentes en las diversas subculturas a fin de comercializarlas. Cayce es legendaria en los ámbitos en que se mueve por su capacidad aparentemente preternatural de detectar el pulso del Zeitgeist; pero su capacidad se basa en una sensibilidad literalmente patológica a las marcas y sus connotaciones culturales: los productos de Tommy Hilfiger, Laura Ashley, y Louis Vuitton le provocan sudores fríos, por ejemplo, y encontrarse frente a frente con Bibendum, el grotesco muñeco-momia de Michelin, dispara en ella lo que sólo se puede describir como una reacción fóbica extrema. La alergia a las marcas de Cayce la convierte en una especie de papel de tornasol humano: al principio de la novela, Cayce está en Londres para decir sí o no, nada más, al nuevo logo de una marca de zapatillas de deporte, cuyo diseño ha supuesto una inversión considerable. Al decir Cayce que no, el diseño se desecha sin comentario alguno.

Cayce acaba siendo contratada por Hubertus Bigend, el dueño bastante siniestro de “la primera agencia viral de publicidad” – Gibson lo describe como “un belga nominal que se parece a Tom Cruise en una dieta de sangre de vírgenes y trufas de chocolate”. Su trabajo consiste en encontrar al creador de una serie de fragmentos de una película que aparecen periódicamente en la red: el misterio de estos fragmentos, de una belleza profundamente enigmática, es tal que ha generado grupos de seguidores por todo el mundo que se dedican a discutirlos obsesivamente en foros  en la red – entre los cuales se cuenta la propia Cayce. La búsqueda del Creador por parte de Cayce – una búsqueda que la lleva a Londres, Japón, y Moscú, y sobre la cual la propia Cayce tiene sentimientos contradictorios, dado que el interés de Bigend por los fragmentos sólo puede ser comercial – constituye el argumento de la novela.

Pero realmente lo interesante del libro no es tanto su argumento como su atmósfera. La trama tiene lugar en un mundo reconociblemente posterior al 11-S, un hecho que se reitera constantemente: el padre de Cayce, un consultor de seguridad, estaba en Nueva York el día del atentado, y desapareció sin dejar rastro. Cayce se pasa la novela en un estado de “alma retrasada” – el modo en que ella se refiere a su estado de jet lag constante, pero que también se refiere sin duda al duelo que aún no ha hecho por su padre, y, de modo más general, al limbo en que la sociedad parece haber caído en un mundo transnacional y terminalmente postmoderno. De hecho, el “reconocimiento de patrones” del título es un leitmotif que se repite continuamente: en los intentos de los seguidores de los fragmentos por encontrar una narrativa en ellos; en los modos de funcionamiento del marketing, tratando de detectar tendencias emergentes; en la obsesión de la madre de Cayce por detectar la voz de su esposo muerto en psicofonías; y en último término, en la historia humana. La distinción entre el reconocimiento de patrones genuinos, la apofenia, y la paranoia frecuentemente se desdibuja. Este tema se hace explícito en la novela: “El homo sapiens se caracteriza por el reconocimiento de patrones… A la vez un don y una trampa”.

Uno de los puntos más fuertes de Gibson son sus hipermeticulosas descripciones de ciudades y objetos: el Financial Times las describió como “eléctricas, profundas, y surrealísticamente exactas”. Personalmente, el profundo placer, casi sensorial, que me causa la precisión de estas descripciones es uno de los motivos por los que releo este libro (hay pocos autores capaz de provocar esto, lo que se llama el  ”efecto ajá”, el reconocimiento profundamente satisfactorio que generalmente suele aparecer en las metáforas y en la poesía. A. S. Byatt es otra.) Por otro lado, creo que pocos escritores han sido capaces de describir como Gibson las dinámicas de la red, la interacción de los usuarios en los foros de internet, la familiaridad con que se habla de googlear: un punto clave en el argumento es el momento en que Cayce se queda helada, accediendo a la historia de su navegador, al darse cuenta de que no ha sido la última persona en usarlo.

Pero se le ha reprochado a Gibson que sus libros sólo son el resultado de un superficial fetichismo tecnológico, una compulsión por ser cool que en último término se queda en nada. Al menos en el caso de Pattern Recognition, esta acusación me parece infundada, y me resulta difícil entender cómo se puede obviar el fondo moral de su argumento. Pues lo que el libro deja muy claro, en mi opinión, es que detrás del marketing global, detrás del postmodernismo, detrás del final de la historia, sigue estando la historia de la humanidad, la sombra de los que fueron antes de nosotros. En una cena que Cayce tiene con Bigend y otros publicitarios, se produce el siguiente diálogo, que creo que merece la pena reproducir (casi) entero:

– ¿Cómo créeis – pregunta Bigend – que nos ven desde el futuro? [...]

– No pensarán en nosotros – dice Cayce [...] – No más de lo que nostros pensamos en los victorianos. No me refiero a los iconos, sino a las almas vivientes, corrientes y reales. [...]

– Almas – repite Bigend [...] – ¿Almas?  [...]

Cayce le mira y cuidadosamente mastica un bocado de berenjena rellena.

– Por supuesto – dice él – no tenemos ni idea ahora de quiénes o qué podrían ser los habitantes del futuro. En ese sentido, no tenemos futuro. No en el sentido en que nuestros abuelos tenían un futuro, o creían que lo tenían. Los futuros culturales plenamente imaginados eran el lujo de un tiempo anterior, un tiempo en el que “ahora” tenía una mayor duración. Para nosotros, por supuesto, la cosas pueden cambiar de modo tan abrupto, tan violento, tan profundo, que los futuros como los de nuestros abuelos tienen un “ahora” insuficiente en el que basarse. No tenemos futuro porque nuestro presente es demasiado volátil. – Sonríe, una versión de Tom Cruise con demasiados dientes, y más largos, pero también muy blancos. – Sólo tenemos gestión de riesgo. La generación de los escenarios para un momento dado. Reconocimiento de patrones.

Cayce parpadea.

– ¿Tenemos un pasado, entonces? – pregunta Stonestreet.

– La historia es una narrativa de mejor estimación sobre qué sucedió y cuándo – dice Bigend, entornando los ojos. – Quién le hizo qué a quién. Con qué. Quién ganó. Quién perdió. Quién mutó. Quién se extinguió.

– El futuro está aquí – Cayce se oye a sí misma decir – mirándonos. Tratando de dar sentido a la ficción en que todos nos habremos convertido. Y desde donde están, el pasado tras nosotros no se parecerá nada al pasado que imaginamos tras nosotros ahora.

– Suenas a oráculo. – Dientes blancos.

– Sólo sé que la única constante de la historia es el cambio. El pasado cambia. Nuestra versión del pasado interesará al futuro más o menos en el grado en que a nosotros nos interesa lo que quiera que creyeran los victorianos. Sencillamente no parecerá muy relevante – Lo que de hecho está intentando hacer aquí es canalizar a Parkaboy de memoria, un hilo con Filmy y Maurice, discutiendo si los fragmentos pretenden dar la sensación de algún periodo histórico particular, o si la aparentemente cuidadosa falta de signos de la época podría sugerir alguna actitud, por parte del creador, hacia el tiempo y la historia, y de ser así ¿cuál?

Y ahora es el turno de Bigend de masticar, en silencio, mirándola muy seriamente.

El modo en que Bigend acaba hablando de la historia en términos claramente darwinianos (“Quién le hizo qué a quién. Con qué. Quién ganó. Quién perdió. Quién mutó. Quién se extinguió”) me parece muy revelador, así como la inmediata réplica de Cayce. Para Bigend, el creador de la primera agencia viral de publicidad del mundo, la historia es historia natural, la evolución de las especies, y la lucha darwiniana por la supervivencia del más fuerte. Y según Bigend, nos encontramos en un momento en que tal evolución es frenéticamente veloz y feroz, debido a los continuos cambios violentos. Para Cayce, en cambio, la historia es una cuestión de puntos de vista – puntos de vista humanos. De ahí el desconcierto de Bigend cuando Cayce (que no es creyente, o al menos no en un Dios reconocible para alguna religión) habla de almas.

Toda la novela – pese a que la narrativa está localizada en un presente absoluto – está saturada de pasado, de la presencia de los muertos: desde el desaparecido padre de Cayce hasta los soldados rusos y alemanes que un director de spots amigo suyo está desenterrando del barro en Stalingrado. Y ésta es la clave tanto de la novela como de la peculiar habilidad de Cayce, creo: pues su reacción a las marcas se debe a un reconocimiento, a nivel preconsciente, de los patrones que las constituyen, y estos patrones son sin lugar a duda patrones históricos. Su reacción de espanto al encontrarse frente al escaparate de Tommy Hilfiger en Harrod’s se describe en monólogo interior, del siguiente modo:

Dios mío, ¿no lo saben? Esto son simulacros de simulacros de simulacros. Una tintura diluida de Ralph Lauren, que había diluido  los días de gloria de los Brooks Brothers, que se habían apropiado  del producto de Jermyn Street y Savile Row, aderezando su prêt-à-porter con generosas cantidades de punto para el polo y galones de regimiento. Pero sin duda Tommy Hilfiger es el punto cero, el agujero negro. Debe de haber algún horizonte de sucesos Tommy Hilfiger, más allá del cual es imposible ser más derivativo, más alejado de la fuente, más carente de alma. O eso espera, y no sabe, pero sospecha en el fondo que esto es lo que explica su larga omnipresencia.

Los simulacros en que piensa Cayce son obviamente una referencia a la teoría de Baudrillard, y creo que toda la novela es una protesta contra la concepción postmoderna del mundo. Decir que las escrupulosas descripciones de Gibson son fetichistas es erróneo: no está describiendo una calculadora de anticuario ni una ciudad por un mero placer en la brillantez de sus superficies (la superficie de lo descrito y la superficie de la descripción): está describiendo el sufrimiento del “esclavo de inteligencia” que la diseñó en Buchenwald para seguir sobreviviendo, y está describiendo la historia de Londres y del Reino Unido a través de sus enchufes, sus taxis, sus autobuses, el peso de sus monedas, todos tan distintos de lo que hay en otras partes del mundo. El libro trata sobre la necesidad de la historia, la necesidad del pasado y del duelo por el pasado. Y es una protesta contra los procesos de homogeneización cultural y comercial que eliminarían las diferencias, las especificidades, que, entre otras cosas, hacen posible ese duelo (sin diferencias no hay pérdida, sólo el limbo sin discontinuidades temporales o espaciales al que parecen aspirar Bigend y el postmodernismo.)

La búsqueda de Cayce termina con una revelación tan conmovedora que, de nuevo, resulta difícil entender cómo se ha podido acusar a  Gibson de frialdad tecnófila. Cayce encuentra finalmente al creador de los fragmentos. No revelaré los detalles del final aquí, pero baste decir que el creador es alguien completamente ajeno a los manejos del marketing calculado y comercial y la lógica del postmodernismo: por el contrario, es alguien cuya misma fisicalidad niega el fin de la historia – alguien que es víctima de la historia, que da cuerpo a su duelo y su dolor, y que paradójicamente encarna la elusiva noción de “alma” que le resulta tan ajena a Bigend. Y creo que es aquí donde Gibson ubica el origen último de toda creatividad humana, de toda creación, que persiste aun hoy a pesar de la proliferación de simulacros sin alma:

En la habitación oscurecida cuyas ventanas habrían mostrado una vista del Kremlin si se hubiera rascado la pintura que las recubría, Cayce había sabido que estaba en presencia del espléndido origen, las fuentes del Nilo digital que ella y sus amigos habían buscado. Está aquí, en los movimientos lánguidos pero precisos de la pálida mano de una mujer. En el leve clic de la captura de imagen. En los ojos sólo verdaderamente presentes cuando se centran en la pantalla.

Sólo la herida, hablando sin palabras en la oscuridad.

Un comentario to “Reseña: Pattern Recognition, de William Gibson”

  1. [...] (Desconfía de ese sabor en particular), una colección de ensayos por William Gibson, el autor de Pattern Recognition y Zero History, que ya he reseñado aquí. Y me llamaron la atención unos párrafos en un ensayo [...]

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